
Leah Carlson- Expertos aseguran que el racismo en Estados Unidos es estructural y evidente en todos los ámbitos de la sociedad. Aunque hace más de 50 años el Congreso haya promulgado la legislación más completa de la historia contra la discriminación, la Ley de Derechos Civiles de 1964, siguen existiendo las mismas brechas de desigualdad racial o se han profundizado, subrayan.
Hoy en día, la tasa de desempleo de los afroamericanos sigue siendo más del doble que la de los blancos, las escuelas públicas están más segregadas que en la década de 1950 y los jóvenes negros tienen 6 veces más probabilidades de ser tiroteados y asesinados por la policía que sus compañeros blancos.
Los afrolatinos se enfrentan a desafíos similares. Según un estudio del Pew Research Center (PRC), el 12% de los latinos estadounidenses que se identifican como afrolatinos tienen más probabilidades de tener ingresos familiares más bajos y menores tasas de propiedad de vivienda debido al racismo estructural histórico y a prácticas de segregación residencial.
En este contexto, para Deena Hayes-Greene, Directora Ejecutiva del Racial Equity Institute (REI), es fundamental entender el marco histórico para ayudar a las personas y organizaciones a comprender cómo se crearon las disparidades raciales, cómo persisten y qué se puede hacer para eliminarlas.
“La raza sigue siendo uno de los indicadores más poderosos de las condiciones de vida en los Estados Unidos. Nuestro país tiene una larga historia de exclusión racial, segregación y disparidades económicas, cuestiones que no desaparecen simplemente cuando cambian las leyes. Estas desigualdades no son accidentales; son la manifestación de la historia y requieren esfuerzos intencionados para abordarlas”, aseguró Hayes-Greene en una entrevista concedida a Greensboro Latino.
Groundwater Approach
REI ofrece el contexto histórico esencial para ayudar a las personas y organizaciones a comprender cómo se crearon las disparidades raciales, cómo persisten y qué se puede hacer para eliminarlas.
“He conocido a personas de todas las profesiones y condiciones sociales que desean abordar la desigualdad, la injusticia, las disparidades en el área de salud y las experiencias educativas injustas, pero carecen de las herramientas o el análisis necesarios para hacerlo con eficacia. Aquí es donde los programas de formación y los marcos educativos de REI, como Groundwater Approach, tienen un valor indispensable”, explica Hayes-Greene.
Tal como explica la activista este marco ayuda a las personas, las empresas y las instituciones a reconocer cómo se perpetúan y mantienen las disparidades raciales, incluso en ausencia de discriminación intencionada; a entender cómo el racismo sistémico afecta todos los aspectos de la sociedad, desde la educación a la atención sanitaria, la justicia penal y la movilidad económica y a ver el costo económico de la desigualdad racial, que asciende a cientos de miles de millones de dólares anuales, recursos que podrían invertirse en sistemas, empresas y comunidades más fuertes.
En su Groundwater Approach REI enfatiza que las desigualdades raciales no son incidentes aislados, sino resultados consistentes de estructuras sociales e institucionales. Como agua subterránea que alimenta diferentes lagos, las inequidades fluyen a través de educación, vivienda, empleo, justicia penal y salud, beneficiando sistemáticamente a la población blanca y limitando las oportunidades para los negros y otros grupos racializados, aseguran.
Este enfoque permite comprender por qué los avances individuales de inmigrantes europeos fueron posibles mientras la población negra permanecía relegada. Los sistemas de poder estaban diseñados para favorecer a quienes ya eran considerados blancos, asegurando la persistencia de la desigualdad.
La blancura: Una construcción social
Diversos estudios sobre raza y poder, incluyendo marcos analíticos del REI muestran que entender la blancura implica examinar no sólo a los individuos, sino las estructuras que la mantienen y reproducen. La “blancura” en los Estados Unidos no es una categoría biológica sino una construcción social y política que ha definido acceso, poder y legitimidad desde los primeros años de la nación.
A lo largo del tiempo, ha cambiado según intereses económicos, políticos y culturales, y ha operado junto a sistemas que excluyen o marginan de manera estructural a grupos racializados, especialmente la población negra y los inmigrantes no europeos.
Ser blanco ha significado históricamente acceso a privilegios como propiedad de la tierra, ciudadanía plena, participación política, seguridad social y legitimidad cultural. Para el REI, estas ventajas no surgen de la casualidad, sino de sistemas diseñados para favorecer a la población blanca mientras limitan las oportunidades de los grupos racializados. “La blancura funciona como norma invisible regulando la movilidad social, la percepción de ciudadanía y la distribución de recursos de manera estructural”, aseguran.
La historia afroamericana muestra la forma más rígida de exclusión racial en Estados Unidos. La esclavitud convirtió a los afroamericanos en propiedad, negándoles derechos básicos. Tras la Guerra Civil, las leyes de Jim Crow en el sur institucionalizaron la segregación racial con educación inferior, acceso limitado a empleo, restricciones de movilidad y exclusión política.
El redlining, implementado desde la década de 1930 por bancos y agencias de seguros, consolidó estas desigualdades. Los mapas de redlining clasificaban barrios como “aptos” o “no aptos” para financiamiento hipotecario según su composición racial.
Los vecindarios negros y en su mayoría de inmigrantes de color eran sistemáticamente excluidos del crédito, mientras los vecindarios blancos recibían inversión, asegurando que la riqueza se concentrara en la población blanca. Esta práctica tuvo efectos intergeneracionales limitando la acumulación de capital y riqueza de las familias negras y reforzando la segregación urbana.
La movilidad residencial ha sido un factor decisivo en la transformación de identidades raciales y étnicas. Salir de vecindarios segregados o ghettos no solo cambia la calidad de vida, sino también cómo la sociedad percibe a los grupos inmigrantes.
Este patrón refleja cómo la movilidad residencial y económica puede reforzar la integración racial, un privilegio históricamente negado a la población negra debido a políticas como redlining y discriminación sistemática.
Colorismo y etnocolorismo
En la comunidad latina en Estados Unidos también se manifiesta otra dimensión del racismo entre sus propios miembros y contra los afroamericanos. El legado del colonialismo y la esclavitud dejó consecuencias sociales, económicas y políticas que persisten hasta nuestros días y que inmigrantes, inevitablemente, traen consigo.
De hecho otro estudio del PRC informa que un 27% de los latinos dice haber sido discriminados por miembros de su propia comunidad y la cifra aumenta a un 41% si estos latinos tienen piel oscura.
Para Raúl Quiñones-Rosado senior trainer del REI y coautor y cofacilitador del taller “Retos en la lucha por la justicia racial” un paso importante hacia la comprensión de la discriminación por color de piel entre los propios latinos es entender la diferencia entre colorismo y racismo.
Sobre este último concepto explicó en una entrevista concedida a Greensboro Latino que en el establecimiento del Nuevo Orden Mundial, que empieza con Portugal y España en Latinoamérica, se crea por primera vez lo que se llama racismo “como función de una ideología que considera que los europeos y la gente de ascendencia europea es superior biológicamente, intelectualmente, en su estética, su cultura, en todos los aspectos”.
Quiñones asegura que aunque por razones culturales los latinoamericanos se consideran en términos raciales como un continuo, luego de más de 500 años, persiste la idea de que el que es más blanco que el otro es superior y tiene más privilegios. “Aún entre lo que se llama ahora people of color, gente mulata mestiza, no blanca, existe la ideología y una dinámica social dónde, pues yo no soy blanco, pero soy más blanco que tú”.
Esta dinámica es distinta al racismo porque entre personas racializadas como no blancas entre sí, ninguno tiene más poder que el otro, excepto el poder social, pero no económico, ni político. Esto es colorismo.
Asimismo, el experto explica que la dinámica de los latinos en Estados Unidos es también colorismo. “Somos colectivamente racializados como no blancos y no tenemos poder institucional, ni cultural. Por lo tanto lo que se da entre nosotros mismos en Estados Unidos es colorismo, no racismo”.
“Colectivamente por más blanquito que tú y yo seamos acá en Latinoamérica, en Puerto Rico, en Venezuela o en Chile, nos montamos en el avión y llegamos a Estados Unidos y somos Latinos”, agrega Quiñones.
Quiñones acuñó el término de etnocolorismo para describir los prejuicios y discriminación entre latinoamericanos de diferentes países. Por ejemplo, de puertorriqueños contra dominicanos o de dominicanos contra haitianos.
El investigador explica que aunque se le suele llamar xenofobia a este fenómeno, se trata de algo diferente al rechazo, miedo u odio a un extranjero. “Nosotros no tenemos ningún miedo a los dominicanos, ni a los haitianos. Nos llevamos de lo más bien y compartimos 95% en nuestras visiones culturales”, agrega.
Cuando la escala del colorismo se da a nivel nacional y se racializa a toda una nación se denomina etnocolorismo. El estudioso asegura que este fenómeno se da tanto en Latinoamérica, como en Estados Unidos.
Finalmente, para Deena Hayes-Greene, directora ejecutiva del Racial Equity Institute (REI), uno de los retos actuales más apremiantes es tratar de entender la raza y el racismo, sus orígenes y cómo funciona en el mundo y en nuestros sistemas. “La gente no lo entiende, ni siquiera las personas que lo experimentan”, aseguró en una entrevista a la North Carolina Public Radio.



