
Maxi Benbassat- Durante años, estudios independientes y datos recopilados por organizaciones ambientales señalaban niveles preocupantes de PFAS en ríos, pozos y terrenos agrícolas del Piedmont de Carolina del Norte. Sin embargo, la fuente exacta de esa contaminación se desconocía. Las autoridades municipales realizaban pruebas de rutina, laboratorios externos replicaban los análisis sin encontrar el origen.
Un equipo de la Duke University decidió mirar más de cerca lo que ocurría en Burlington, una ciudad conocida por su historia industrial y su relación de décadas con la manufactura textil. Lo que encontraron no sólo resolvió un misterio local sino que también puso sobre la mesa una nueva forma en la que los PFAS pueden infiltrarse en sistemas naturales sin ser detectados.
Los PFAS o sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas son una familia de compuestos sintéticos extremadamente persistentes y de descomposición muy lenta utilizados desde mediados del siglo XX en productos como espumas contra incendios, utensilios antiadherentes, envases y recubrimientos industriales, entre otros.
La exposición prolongada a ciertos PFAS se ha asociado con problemas de salud, como alteraciones hormonales, daños hepáticos, aumento del riesgo de cáncer y efectos adversos en el desarrollo infantil. En los últimos años, la Environmental Protection Agency (EPA) ha endurecido las regulaciones sobre estos compuestos en el agua potable, obligando a municipios y empresas a monitorearlos con mayor rigor.
Pero incluso con las nuevas normas de monitoreo había sustancias, los precursores de PFAS, difíciles de detectar por los métodos convencionales y que pueden transformarse en PFAS con el tiempo.
El equipo de Duke comenzó recolectando muestras del sistema de aguas residuales de Burlington. Las muestras revelaron que las concentraciones de PFAS no coincidían con lo esperado, pero la química del agua mostraba señales de transformación activa. Es decir, algo entraba al sistema sin ser PFAS en su forma final, pero se convertía en ellos durante el tratamiento.
Esa hipótesis llevó a los investigadores a emplear un método conocido como oxidación total, una técnica avanzada que permite medir todos los precursores presentes en PFAS. Después de aplicar la oxidación, los niveles de PFAS se dispararon entre un 50.000% y un 80.000% en ciertas muestras. La conclusión fue evidente, se trataba de un caso de contaminación masiva por precursores.
Para averiguar el origen de estos precursores se realizó un análisis que combinó rastreo químico, mapas de flujo del sistema de alcantarillado y datos de producción industrial. Todo apuntó finalmente a una planta textil local, cuya actividad involucraba tratamientos especializados para dotar a telas de propiedades como repelencia al agua o resistencia a manchas.
La planta no figuraba entre las posibles fuentes de contaminación en informes previos porque emitía sustancias relacionadas con PFAS en formas que no aparecían en las pruebas estándar. Se trataba de partículas sólidas que actuaban como precursores. Podían pasar por sistemas de monitoreo sin ser clasificadas como compuestos peligrosos, aunque tenían el potencial químico de transformarse en PFAS regulados.
Se descubrió, además, que las concentraciones detectadas en algunos puntos alcanzaban los 12 millones de partes por billón, una cifra que supera por millones de veces los límites permitidos para ciertos PFAS en el agua potable. Esta escala de impacto dejó claro que la fuente llevaba activa años.
Otro hallazgo clave fue que el sistema de tratamiento de Burlington no estaba diseñado para manejar estos precursores. Los procesos específicos usados en la planta de tratamiento, particularmente la aireación y las condiciones químicas del agua residual, actuaban como catalizadores, convirtiendo los precursores en PFAS a un ritmo mucho mayor del habitual.
Como resultado, cantidades enormes de PFAS terminaban en el agua tratada, que fluye hacia cuerpos naturales y en los biosólidos, un subproducto del tratamiento que suele usarse como fertilizante en tierras agrícolas. Esto significa que la contaminación no solo afectaba al sistema de alcantarillado, sino que se trasladaba a la tierra y al agua superficial, con la posibilidad de permanecer allí por muchas décadas.
Para Burlington y las áreas rurales que la rodean, incluidas comunidades latinas que viven cerca de granjas o dependen de pozos privados, estos hallazgos tienen implicaciones directas pues los PFAS pueden acumularse en el suelo, afectando cultivos y agua subterránea.
Además, los pozos privados no siempre se analizan regularmente, dejando a muchas familias expuestas sin saberlo y las granjas que aplicaron biosólidos durante años podrían tener niveles más altos de estos compuestos.
Organizaciones comunitarias ya han empezado a pedir evaluaciones adicionales, especialmente en zonas donde viven familias hispanas que históricamente han tenido menos acceso a programas de monitoreo ambiental.
Implicaciones
El estudio, publicado en Environmental Science & Technology Letters el 18 de noviembre de 2025, está siendo visto como un ejemplo de cómo los sistemas de monitoreo actuales pueden pasar por alto fuentes importantes de contaminación. También destaca la necesidad de incluir análisis de precursores en las regulaciones estatales y federales.
Para los expertos, el caso de Burlington es una señal de alerta: las industrias pueden estar liberando compuestos que no se parecen químicamente a los PFAS regulados, pero que terminan convirtiéndose en ellos.
Las autoridades locales han comenzado a revisar protocolos y a explorar nuevas formas de tratamiento para reducir la conversión de precursores en PFAS. Por su parte, los científicos continúan analizando muestras de suelos agrícolas para determinar qué tan extendida podría ser la contaminación.
Mientras tanto, el descubrimiento representa un paso crucial para transparentar un problema que afecta a miles de familias. Y para las comunidades del Piedmont , incluyendo la vibrante población latina de Burlington, aporta claridad, pero también plantea preguntas urgentes sobre la seguridad del agua y el ambiente.
El caso Greensboro
En 2014 la ciudad detectó la presencia de PFAS en los embalses y el agua potable de Greensboro. La Agencia de Protección Ambiental (EPA, en inglés) y el Departamento de Calidad Ambiental de Carolina del Norte (NCDEQ, en inglés) determinaron que las instalaciones industriales a lo largo del río Haw y sus afluentes podrían ser las posibles fuentes de contaminación.
Entre ellas se incluyen instalaciones situadas en condados vecinos, como Alamance y Rockingham, que vierten aguas residuales tratadas que finalmente desembocan en el río y, río abajo, en el sistema de agua de Greensboro.
Según una investigación sobre cuencas hidrográficas realizada por la ciudad entre 2016 y 2019, se identificó que el PFOA (un ácido carboxílico perfluorado) y el PFOS (un ácido sulfónico perfluorado) eran los compuestos PFAS más presentes en el agua de origen y la cuenca hidrográfica de la ciudad. El lago Brandt presentaba los niveles más altos.
Dado que el lago Brandt abastece de agua a la planta de tratamiento de Mitchell, en 2018 el Departamento de Recursos Hídricos instaló un sistema de carbón activado en polvo (PAC) para reducir los niveles de estos químicos eternos. Además se comenzaron a realizar mejoras adicionales en la planta para abordar la rehabilitación necesaria y las mejoras del emplazamiento.
Tras completar una iniciativa piloto de un año de duración en 2022, en la que se probaron múltiples opciones de tecnología de tratamiento de agua, se seleccionó un sistema de contacto de carbón activado granular (GAC, en inglés) para la planta de tratamiento de agua Mitchell. Este sistema, diseñado por un equipo de la ciudad, garantiza que la planta cumpla con los niveles exigibles de la EPA de 4 partes por billón (ppt).
En febrero de 2025, el Ayuntamiento de Greensboro aprobó un contrato de 2,7 millones de dólares para la primera fase de mejoras de esta planta, que incluye la sustitución de los filtros de carbón y la construcción de nuevos contactores de GAC diseñados para eliminar los PFAS del suministro de agua.
El cronograma de trabajo incluyó una reunión vecinal sobre las mejoras de la planta de tratamiento de agua de Mitchell en agosto de 2025. Se espera que en la primavera de 2026 se dé inicio a la fase 1 de la construcción. En 2026 estaría terminado el diseño del proyecto de tratamiento avanzado de contaminantes emergentes y en otoño de este mismo año se espera el inicio de la fase 2 de la construcción.
Finalmente, en 2031 estaría culminado el proyecto de mejora de la planta de tratamiento de agua de Mitchell dentro del plazo de cinco años establecido por la EPA para el cumplimiento de la normativa.





